Cuando pensamos en el hueso, solemos imaginar una estructura rígida, dura y estática. Sin embargo, el hueso está lejos de ser una piedra dentro de nosotras: es un tejido vivo, dinámico y en constante cambio.
A lo largo de toda nuestra vida, el esqueleto se remodela: se destruye y se vuelve a formar. Este proceso es lo que garantiza la fortaleza de los huesos y su capacidad para adaptarse a las demandas de nuestro cuerpo.
Remodelación ósea: osteoblastos y osteoclastos
- Osteoblastos: son las células “constructoras”. Fabrican nuevo hueso y rellenan las zonas debilitadas.
- Osteoclastos: son las células “demolición”. Se encargan de reabsorber el hueso viejo o dañ
- El equilibrio entre ambas determina la densidad y calidad ósea.
Durante la infancia y juventud, predominan los osteoblastos → acumulamos masa ósea.
A partir de la perimenopausia, los osteoclastos tienden a ganar terreno (sobre todo por la caída de estrógenos), lo que aumenta el riesgo de pérdida ósea.
El hueso como almacén de minerales
El hueso es como una hucha mineral que guarda los depósitos de calcio, fósforo y magnesio. Estos minerales no solo sirven para mantener el hueso fuerte, sino que cumplen funciones vitales en todo el organismo:
- El calcio participa en la contracción muscular, la transmisión nerviosa y el latido del corazón.
- El magnesio regula la actividad de más de 300 enzimas, entre ellas las que permiten la producción de energí
- El fósforo es clave para el ADN, la energía celular (ATP) y el equilibrio ácido-base.
Cuando en la sangre no hay suficiente de estos minerales, el cuerpo se ve obligado a “tirar de las reservas”, es decir, a liberarlos desde el hueso.
Esto significa que el hueso cede parte de su estructura para sostener la vida. Si el déficit es puntual, no hay problema: el hueso se regenera. Pero cuando la falta de nutrientes o el exceso de estrés se mantiene en el tiempo, la balanza se inclina hacia la pérdida: el hueso se va adelgazando y debilitando poco a poco.
Podemos imaginarlo como una cuenta bancaria:
- Si ingresas (nutrición adecuada + descanso + ejercicio), el saldo crece.
- Si retiras constantemente (estrés, déficit de minerales, falta de sueño), la cuenta se vací
De ahí la importancia de un estilo de vida que aporte minerales y energía suficientes para que el cuerpo no tenga que recurrir siempre a la “hucha” ósea.
Estrés y pérdida mineral
El estrés crónico es uno de los grandes ladrones silenciosos de minerales.
Cuando vivimos en alerta constante, el cuerpo produce grandes cantidades de cortisol, la hormona del estrés.
Este exceso de cortisol provoca varios efectos sobre el hueso:
- Aumenta la acidez interna: para compensarla, el cuerpo utiliza calcio y magnesio (extraídos del hueso) como “tampones” que neutralizan ese exceso de acidez.
- Reduce la absorción intestinal de calcio y magnesio, dejando menos nutrientes disponibles.
- Estimula a los osteoclastos, las células que destruyen hueso, acelerando la pérdida ósea.
En otras palabras, cuando estamos sometidas a estrés constante, el cuerpo gasta más minerales y absorbe menos. Como consecuencia, el hueso se convierte en la “cuenta de ahorro” a la que el organismo recurre para sobrevivir.
Esto explica por qué mujeres sometidas a estrés prolongado (trabajo intenso, falta de descanso, preocupaciones constantes) pueden experimentar pérdida de densidad ósea incluso si llevan una dieta aparentemente equilibrada.
El hueso como órgano endocrino
Durante mucho tiempo se pensó que el hueso era solo un soporte estructural, como los cimientos de una casa. Hoy sabemos que va mucho más allá: el hueso es un órgano endocrino que produce hormonas y participa activamente en la regulación de funciones vitales.
La más importante es la osteocalcina, una proteína que funciona como hormona y tiene efectos sorprendentes:
- Metabolismo energético: la osteocalcina estimula a las células del páncreas para producir insulina y mejora la sensibilidad de los tejidos a esta hormona. Esto significa que el hueso participa en cómo manejamos el azúcar en sangre y en la prevención de resistencia a la insulina y diabetes.
- Fertilidad: estudios han mostrado que la osteocalcina influye en la producción de testosterona en el hombre y en la regulación de hormonas sexuales en la mujer, con impacto indirecto en la fertilidad.
- Cerebro y energía: la osteocalcina también parece tener un papel en la memoria, la vitalidad y el estado de ánimo, aunque esta es un área de investigación todavía en expansión.
En otras palabras, el hueso no es un mero “esqueleto rígido”: es un órgano activo que se comunica con el páncreas, el cerebro, los músculos y el sistema reproductivo.
Por eso, cuidar la salud ósea no es solo evitar fracturas en el futuro, sino también sostener hoy tu energía diaria, tu metabolismo y tu equilibrio hormonal.
Para reflexionar
Tu esqueleto es un sistema vivo, que responde a lo que comes, cómo duermes, cómo te mueves y cómo gestionas tu estrés.
Pregúntate hoy:
¿qué hago a diario que alimente mis huesos?